Para una familia, la palabra “autismo”, cuando es innecesaria, no es una revelación; es una fractura. Cae con el peso de una sentencia, destrozando la percepción que tienen de su propio hijo y de su futuro. No ofrece claridad; desata un caos emocional que lo consume todo. La etiqueta se convierte en una lente distorsionada a través de la cual cada comportamiento del niño es patologizado, cada peculiaridad magnificada y cada desafío interpretado como un síntoma ineludible de un desorden cerebral. La alegría espontánea de la crianza es reemplazada por una agotadora y ansiosa vigilia clínica. El hogar, que debería ser un santuario de aceptación incondicional, se transforma en un centro de observación permanente…
El Daño Iatrogénico: Cuando la Cura Causa la Herida
El camino del sobrediagnóstico está pavimentado con el sobretratamiento, una forma de daño infligido por aquellos que genuinamente buscan ayudar. Un niño con leves rarezas sociales o una personalidad introvertida es arrojado a un torbellino de intervenciones intensivas, un “asalto terapéutico” diseñado no para apoyar, sino para “corregir”. Se le somete a incontables horas de terapias conductuales que buscan extinguir comportamientos inofensivos y forzarlo a encajar en un molde neurotípico que le es ajeno. En lugar de construir habilidades, estas intervenciones pueden generar un profundo estrés, enseñándole al niño que sus instintos naturales son algo vergonzoso que debe ser suprimido y enmascarado a toda costa.
Peor aún, la etiqueta de TEA a menudo se convierte en una justificación para la medicación psicotrópica. Fármacos potentes, con efectos secundarios significativos y a menudo desconocidos a largo plazo en cerebros en desarrollo, se prescriben para “gestionar” comportamientos como la hiperactividad, la irritabilidad o la falta de atención. Estos comportamientos, en un niño sin TEA, podrían ser simplemente expresiones de una personalidad enérgica, de aburrimiento o de una ansiedad situacional. Cuando se les aplica el filtro del “trastorno”, se convierten en síntomas que deben ser controlados químicamente. Este es el rostro más oscuro del daño iatrogénico: un “silenciador químico” administrado sin una base clínica sólida, una traición fundamental al juramento hipocrático de “primero, no hacer daño”. Es tratar el alma con un bisturí, causando heridas que ninguna cirugía puede reparar.
El Antídoto: Precisión y compromiso en un Mundo de Etiquetas Fáciles
En este campo la precisión clínica no es una opción; es un imperativo moral. La única defensa contra el veneno de una etiqueta equivocada es un proceso diagnóstico de una rigurosidad inquebrantable. Un diagnóstico de TEA nunca debe ser una conclusión apresurada, fruto de una breve observación o de rellenar una simple lista de verificación. Debe ser el resultado de una investigación profunda, un acto de discernimiento que se niega a confundir la personalidad con la patología y que valora la observación longitudinal en múltiples contextos.
El diagnóstico diferencial es el baluarte contra este error catastrófico. Es la tarea crítica y compleja de desenredar la madeja de síntomas que se solapan entre el TEA y una miríada de otras condiciones. La superficialidad aquí es negligencia. Debemos preguntarnos:
- ¿Es TEA o TDAH? Un niño con TDAH puede tener dificultades sociales porque su impulsividad le hace interrumpir o su falta de atención le impide seguir las conversaciones. Sin embargo, a menudo comprende la regla social que ha roto. Un niño con TEA, en cambio, puede no percibir esa regla social en primer lugar; su dificultad es más fundamental, arraigada en una diferencia en la cognición social.
- ¿Es TEA o Ansiedad Social? La evitación de situaciones sociales es el punto en común. Pero la motivación es radicalmente distinta. La persona con ansiedad social anhela la conexión, pero está paralizada por un miedo intenso al juicio negativo. Sus habilidades sociales pueden estar intactas, pero secuestradas por el pánico. En el TEA, la evitación puede surgir de una sobrecarga sensorial insoportable, de una genuina falta de interés en la interacción o de la frustración de no comprender las reglas implícitas del juego social.
- ¿Es TEA o Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC)? Los comportamientos repetitivos pueden parecer similares. La diferencia clave reside en la experiencia interna. En el TOC, las compulsiones son egodistónicas: son rituales no deseados que se realizan para aliviar una ansiedad abrumadora. En el TEA, los intereses restringidos y los comportamientos repetitivos suelen ser egosintónicos: son una fuente de placer, calma y autorregulación.
- ¿EsTEA vs. Trastorno de la Comunicación Social (Pragmática)?: Este diagnóstico, introducido en el DSM-5, fue diseñado precisamente para aquellos individuos que presentan déficits significativos y persistentes en el uso social de la comunicación verbal y no verbal (Criterio A del TEA), pero que no muestran los patrones de comportamiento, intereses o actividades restringidos y repetitivos (Criterio B del TEA). Es el diagnóstico diferencial más cercano y requiere una evaluación cuidadosa de la presencia o ausencia de los comportamientos del Criterio B.
| Área de Evaluación | Trastorno del Espectro Autista (TEA) | TDAH | Trastorno de Ansiedad Social |
| Motivación Social Intrínseca | A menudo reducida o cualitativamente atípica; puede preferir la soledad. | Típicamente intacta, pero la interacción puede ser interrumpida por la impulsividad o la inatención. | Intacta, pero la interacción es evitada activamente debido al miedo al juicio negativo. |
| Teoría de la Mente / Toma de Perspectiva | Déficit primario en la comprensión intuitiva de los estados mentales de los demás. | Generalmente intacta en pruebas formales, pero con fallos en la aplicación en tiempo real debido a la impulsividad. | Intacta, pero puede estar sesgada por interpretaciones negativas de las intenciones de los demás. |
| Comunicación No Verbal | Dificultades en la integración y comprensión del contacto visual, gestos y expresiones faciales. | Afectada por la inatención (p. ej., no mantener el contacto visual), pero la comprensión suele estar preservada. | Comportamiento no verbal normal, aunque puede mostrar signos físicos de ansiedad (p. ej., rubor, temblor). |
| Patrones de Intereses | Intereses altamente restringidos, intensos y a menudo no funcionales o atípicos. | Intereses cambiantes, aunque puede haber “hiperfoco” intenso pero temporal en temas de interés. | Intereses típicos para la edad y el contexto cultural. |
| Respuesta a la Novedad / Rutina | Fuerte insistencia en la monotonía y las rutinas; malestar significativo ante cambios inesperados. | Dificultad con la monotonía y las tareas repetitivas; a menudo busca la novedad y la estimulación. | Evitación de situaciones sociales nuevas por miedo, no por una preferencia intrínseca por la rutina. |
Estas distinciones no son meros detalles; son las encrucijadas que determinan el futuro de un niño. Exigen tiempo, una profunda experiencia clínica y el uso de herramientas estandarizadas como el ADOS-2 y el ADI-R, no como veredictos infalibles, sino como fuentes de datos que deben ser interpretadas por un experto ya que el uso de estos instrumentos sin considerar los diagnósticos diferenciales sobreestima el diagnóstico de TEA, por lo que deben ser consideradas herramientas complementarias.
En nuestra era de soluciones rápidas, la tentación de aplicar una etiqueta para calmar la ansiedad de los padres o para desbloquear recursos es inmensa. Pero debemos resistir con toda nuestra integridad profesional.
Un diagnóstico no es un mero trámite; es un acto con el poder de definir una vida. Cuando se hace con cuidado, sabiduría y precisión, puede ser una llave que abre un mundo de autocomprensión y apoyo genuino. Pero cuando se aplica de forma errónea, se convierte en una jaula, una sombra de la que un niño y su familia pueden tardar toda una vida en escapar. La responsabilidad de distinguir una de otra recae sobre nosotros, y es una carga que debemos asumir con la solemnidad y la humanidad que el paciente merece. El sobrediagnóstico no es un concepto abstracto; tiene consecuencias reales y profundas para los individuos, las familias y los sistemas de salud.
Dr. Luis Matamala Claros, Clinica Nuevo Amanecer